DE CABO DE BUENA ESPERANZA A HORNOS: más que rugientes...

La navegación por debajo de los 40ºS es el tramo más duro de una regata alrededor del mundo. Pese a que se atraviesan durante el verano austral, el Índico Sur y el Pacífico Sur, son mares fríos en los que las borrascas se generan con facilidad y virulencia levantando olas enormes entre las que flotan peligrosos hielos no siempre detectables. Gestionar el sector norte de estas depresiones en el Índico y el Pacífico y atravesar con rapidez el mar de Tasmania y el estrecho de Cook es la clave del éxito.

Artículos JUL. 25, 2012 01:00

En la Barcelona World Race, la circunnavegación del hemisferio Sur tiene tres fases táctica y meteorológicamente diferenciadas: la primera es la travesía de Índico Sur, desde el cabo de Buena Esperanza al sur de Tasmania; la segunda, la travesía del mar de Tasmania y del estrecho de Cook y la tercera, la travesía del Pacífico Sur hasta el cabo de Hornos (Chile). La obligación de pasar por el estrecho neozelandés altera lo que sería una vuelta a la Antártida constantemente bajo el influjo de los denominados “40 rugientes”, como ocurre por ejemplo en la Vendée Globe e introduce un factor táctico y estratégico muy significativo.

“Coger el tren.. y no perderlo”

Cuando los regatistas se aproximan al cabo de Buena Esperanza ya hace días que tienen la atención puesta en los mapas isobáricos de la extensa zona comprendida entre los paralelos 40 y 60. El objetivo es alcanzar cuanto antes el sector norte de una de las borrascas que se generan en la zona subpolar para lanzarse con vientos de poniente hacia el este. En el argot de los regatistas esto se llama “coger el tren” y hay que hacerlo rápidamente pues, como declaró Pachi Rivero durante la pasada Barcelona World Race, “el primero que llega coge el primer tren y no sabes cuando va a salir el otro”. Este cambio de trenes significa un cambio de sistemas meteorológicos y difícilmente el que se queda atrás va a poder alcanzar a los que han salido delante. Pachi hablaba con conocimiento de causa pues con Bubi Sansó en el Mutua Madrileña se quedaron atrapados por el último coletazo del anticiclón de Santa Helena justo antes de doblar el cabo y entrar oficialmente en el Índico, mientras sus competidores ganaban hasta casi 400 millas de ventaja hacia el este.

En las primeras ediciones de la Whitbread y la Vendée Globe no había ninguna restricción a que los navegantes bajaran cuanto más al sur quisieran. Al ser un recorrido en el sentido oeste - este, con la ortodrómica atravesando el continente antártico, apostar por la ruta más corta adquiría un valor táctico que a veces podía aconsejar abandonar el lado bueno de las borrascas y navegar en peores condiciones meteorológicas y realizar auténticos “descensos a los infiernos” por debajo del paralelo 60, zonas en las que la abundancia de hielos y el alejamiento de los centros de salvamento hacían la navegación muy peligrosa. Con la adopción de las puertas de seguridad que obligaban a los barcos situarse en zonas razonablemente seguras respecto al hielo, la ortodrómica se alteró sustancialmente y perdió protagonismo estratégico frente a la meteorología. Con el paso del tiempo, estas puertas se han ido incrementando con lo que el “descenso a los infiernos” ha dejado de ser una opción táctica relevante y la gestión de las potentes borrascas subpolares se ha convertido en la estrategia primordial en el Gran Sur.

Una vez establecidos en el lado bueno de la cadena de depresiones, los regatistas se concentrarán en el adecuado equilibrio del plano vélico que les permita navegar con seguridad en las espectaculares planeadas y salir airosos de la caída en los valles de olas de más de seis metros y que en ocasiones alcanzan los 10. Todo ello con una temperatura del agua cercana a los 4ºC, con chubascos de nieve y con sensación de frío en el interior que muchas veces es peor que la exterior debido a la humead de 100% que todo lo satura. En estas condiciones alcanzar el mar de Tasmania y atravesar Cook es un respiro térmico que compensa la dificultad que en el periodo veraniego presenta esta zona de cambios muy bruscos que, de nuevo, puede ser tácticamente complicada. Aquí puede ser que las condiciones meteorológicas lleven a algunos barcos optar por pasar por el estrecho de Bass, que separa Australia de la isla de Tasmania. El paso del estrecho  de Cook, entre las islas Norte y Sur de Nueva Zelanda, acostumbra a darse con fuerte viento y aquí aparece un factor estratégico añadido: la posibilidad de detenerse en Wellington para hacer reparaciones a cambio de una penalización de 48 horas.

DE CABO DE BUENA ESPERANZA A HORNOS: más que rugientes...

Las traicioneras bajas secundarias

Una vez en el Pacífico, los barcos se lanzarán de nuevo hacia el sur con una estrategia muy similar a la que tuvieron al entrar en el Índico. Será una travesía de más de 4.000 millas en la que los navegantes entrarán de nuevo en los 40 Rugientes esperándoles al final la guinda del cabo de Hornos. En el Pacífico, de nuevo habrán de gestionar el sector norte de las depresiones pero aquí se da con más frecuencia que en el Índico la formación de las traicioneras bajas secundarias que suelen formarse en el sector noreste de las borrascas. Muchas veces éstas no están previstas en los mapas sinópticos y surgen como burbujas que engullen literalmente a los barcos en zonas sin viento que causan inesperados cambios en la clasificación. 

La aproximación al cabo de Hornos, generalmente con vientos del oeste, se convierte en un auténtico “paso de boya” de una regata barlovento - sotavento, y en este caso los regatistas se ven obligados a realizar una serie de trasluchadas para navegar con el ángulo de viento óptimo que les marca el VPP (Velocity Prediction Program). La intensidad de las borrascas australes, los icebergs que circulan por el estrecho de Drake, las frecuentes nieblas y las corrientes hacen que las inmediaciones del cabo de Hornos, en la Patagonia chilena, sean de las más peligrosas que se conocen para la navegación. Por otra parte, los vientos del oeste, y muy en especial los del NO, que se estrechan entre la cordillera andina y la península Antártica crean un oleaje enorme, generado por el ascenso brusco del fondo del mar y la acción de corrientes contrapuestas muchas veces hace variar caprichosamente la altura y la dirección de las olas. Pasar Hornos es entrar en “otra regata” y abandonar semanas de navegación infernal.

Una zona casi sin continentes

Estos elementos tan violentos tienen una causa meteorológica muy simple. En el hemisferio Sur, la franja del Globo situada aproximadamente entre los 40º y los 60º de latitud discurre casi toda por la superficie del mar, sin continentes, si se exceptúa el cono sur de Sudamérica en cuyo extremo se encuentra el cabo de Hornos. Ésta es la razón por la que las borrascas que se forman en la zona subpolar de bajas presiones (con su centro alrededor del paralelo 60) se forman encadenándose unas con otras formando un auténtico collar alrededor de la Antártida.
En el verano austral (enero y febrero) la faja anticiclónica de los 30º de latitud tiende a verse interrumpida en los continentes debido al intenso caldeamiento de éstos por la absorción de la radiación solar. Esto hace aparecer bajas de origen térmico que son las depresiones australiana, sudamericana y sudafricana, por lo que los anticiclones marítimos del Atlántico Sur (el de santa Helena), el Índico y el Pacífico se recortan con mayor definición. Esto hace que el gradiente con las zonas de bajas presiones de la zona subpolar se incremente y se generen fuertes vientos del oeste en la franja norte de estas borrascas.

Estos vientos soplan aproximadamente en una ancha franja de 1.200 millas que se sitúa entre los 40 y los 60 º S. Como que no hay tierra que los frene, estos vientos alcanzan grandes velocidades, que en muchas ocasiones superan los 70 nudos. Por la misma razón, el viento tiene en ocasiones un recorrido sobre el mar - un fetch - muy largo y que puede llegar a tener miles de millas. Las olas generadas superan en muchas ocasiones los 10 metros de altura, aunque en estos casos son muy largas y permiten a los barcos espectaculares planeadas. En el estrechamiento del cabo de Hornos, los vientos se aceleran y desvían por el efecto de la cordillera de los Andes y las olas se hacen más altas al disminuir el fondo marino.